Hasta hace 20 años, el domingo era el día del fútbol. Hoy, ya no llama la atención que se juegue un lunes a la siesta o un miércoles de invierno con menos de diez grados
El fútbol es un negocio, si, pero como todos los negocios, es un negocio para unos pocos. Son las 9 de la noche del miércoles 12 de agosto de 2026. El cielo es una oscuridad rojiza. Las luces del estadio 9 de Julio no pueden atravesar las densas nubes bajas. En la cancha Atenas se dispone a enfrentar a Kimberley por la fase campeonato del torneo Federal A. En las tribunas, menos de 1.000 personas le hacen frente a los 8 grados (5 de sensación térmica) que el invierno dispuso para este día. Sobre el final del partido aguantarán el inicio de una llovizna helada.
“Se juega hoy para recuperar la fecha de la final del mundial”, aclara un colega que escucha los rezongos del autor de estas líneas, que salen desde el interior de la cabina número 3 de la platea Rodolfo Rotondi. La chapa y el cemento, siempre socios de la temperatura exterior parecen multiplicar el frío. Es cierto, el Consejo Federal de Fútbol no tenía pensado hacer jugar esta jornada entre semana. Esto surgió de forma imprevista (quién iba a creer que la selección de Scaloni y Messi iban a disputar el último partido de la Copa del Mundo). La solución que encontraron desde la AFA fue hacer a los equipos de una categoría semi amateur armar todo el circo un día en el que la mayoría de los que van a la cancha, no pueden hacerlo.
“Es para respetar a los abonados”, cae un What´s App al teléfono de quién escribe estas líneas. Es una respuesta a los quejidos que el autor de este texto emite a través de la transmisión de radio LV16. Los reproches son contra la hora en la que se juega el partido: “¿Por qué no se juega a la siesta? Si de todas maneras es poca la gente que puede asistir. ¿Por qué a la noche, si hay que gastar luz?”. Quién envió el mensaje tiene un punto. En tiempos complejos, aquellos que eligen apostar a largo plazo y comprar cuatro entradas de un saque son los que importan. Son los menos, pero hay que cuidarlos. Son pocos por que son pocos los que cuentan con $220.000 para darse un gusto. También son una minoría los que pueden pagar una cuota social mensual, además del abono de $150.000.
“Sos un nostálgico, el fútbol ya no se juega más los domingos”, se ríe un compañero de trabajo de quien escribe estas líneas. Tiene razón en las dos cosas. Tanto se ha comido el negocio al fútbol, que hasta le quitó su día. El fútbol estuvo ligado al domingo desde el comienzo. Se jugaba ese día, por que era el que quedaba libre. Para los católicos era el día de dios, para los trabajadores era el día de descanso.
En sus inicios el fútbol era un deporte amateur. Principalmente lo jugaban un grupo de burgueses ingleses que pasaban su tiempo de ocio pateando una pelota. Con el tiempo también lo jugaron los obreros. El deporte les servía para salir de la rutina el único día que no tenían que laburar. Se dice que algo de la popularidad del fútbol le vino bien a los agentes del orden: la cancha reemplazaba los bares, los domingos la gente se emborrachaba menos y los lunes iba más fresa a trabajar. Mitos del siglo pasado.
No fue el profesionalismo el que desacralizó los domingos, fue la TV. En Argentina, se volvió común que haya fútbol un martes a las tres de la tarde a principios de los 2.000, cuando el profesionalismo ya llevaba casi 80 años. La televisión vino para quitarle protagonismo a la tribuna. Importa más el dinero que paga el abonado al pack fútbol que el paga la platea. Los ingresos de los clubes poderosos vienen de la tv no de las entradas que se venden. La lógica del negocio se impuso de arriba para abajo y en categorías no televisadas, también se empezó a jugar en otros días que no son domingos. Algunos clubes de tierra adentro improvisaron streamings para subirse al negocio, pero esos números no se acercan a lo que podrían ganar por entradas. Sin las cámaras de los medios grandes, el negocio no es negocio. Los clubes de tierra adentro juegan sin hinchas en las tribunas y sin abonados de TV.
“Venimos por la pasión”, contesta uno de esos abonados que está siempre, mientras enfila hacia la salida de calle Marconi. La voz sale apagada por qué el cuello polar le tapa la boca. Atenas ganó sobre la hora con uno de esos tantos que hacen al fútbol un gran negocio y que, al mismo tiempo, lo dotan de algo que va más allá de ese negocio. “Te imaginas lo que hubiera sido un gol así un domingo a la tarde”, remata el hincha, que parece pertenecer al mismo club de nostálgicos de quién escribe estas líneas.
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