Un jugador extraordinario

El pleno clima mundialista el autor de este blog fue testigo de una discusión sobre Messi que sólo es posible en un bar de una esquina de una ciudad argentina

“Messi no es un referente para mí, sólo es un jugador extraordinario”. Uno no puede dejar de parar la oreja ante semejante afirmación. Venida de una mesa cercana en un bar céntrico semivacío, la frase forma parte de una discusión entre dos treintañeras, un par de días antes de que el rosarino le haga dos goles ante Austria. Son tiempos en los que escuchar críticas al rosarino es difícil. En dos encuentros en Estados Unidos se hizo con casi una decena de récords: máximo goleador de las copas del mundo, más mundiales disputados, más partidos disputados, más contribuciones en goles, más veterano en convertir un triplete en un mundial, mayor rango de tiempo entre su primer y su último gol en un mundial, el qué le marcó goles a más países en un mundial, el qué más veces marcó el primer gol de un partido en un mundial y -para dar cuenta de que no es perfecto- el que más penales erró en un mundial.

“Yo soy docente y psicóloga. Mis referentes son médicos y pensadores ¿Por qué un jugador de fútbol va a ser mi referente?”, argumenta la dueña de la premisa con la que comienza este escrito. Su interlocutora menea la cabeza y el autor de estas líneas recuerda a Martín Caparros. Hombre de opiniones díscolas, el cronista argentino suele criticar esa manía argentina de hacer referentes en todo a personas que se destacan en un sólo ámbito de la vida humana. Tampoco es sólo propiedad argenta. Los deportistas son los héroes casi míticos de esta era y como tales son referencias para marcar los valores sociales aceptables de una sociedad. De todas maneras ¿está bien hacerlos depositarios de cuestiones que los exceden? ¿Quieren serlo realmente? ¿Lo son aunque no lo deseen? 

Ante la falta de respuesta de su compañera de mesa, la psicóloga siguió soltando supuestos para sostener su idea: “Es un extraordinario jugador de fútbol, sólo eso. Es como (Luis) Brandoni, un actor de la puta madre (sic), pero nada más”. Es decir, si el fútbol es un arte, Messi es el mejor, pero esa condición no se traslada más allá del lienzo. La obra y el artista van por un lado y la persona por el otro ¿Se puede disociar al artista de la persona? ¿Está bien hacerlo?

“¿Pero no ves que tiene un aura especial?”, la persona que sólo escuchaba parece reaccionar. Apela a ese término que utiliza la juventud actual para explicar algo de difícil definición. El “aura” es algo parecido al carisma o algo por el estilo que, en realidad, es más una cualidad más externa que intrínseca. El argumento se queda corto. La psicóloga lo hace trizas comparando al rosarino con pesos pesados de la elocuencia (Maradona o Alí) y diestros en el uso de las palabras (Bielsa o Scola). En la cabeza del escritor de esta crónica surgen aún más preguntas: ¿No será que el aura de Messi tiene que ver con no ser como ellos? ¿No es eso un signo de estos tiempos?

Sin dejarse derrotar, la defensora de Messi arremete: “¿No ves cómo participa en campañas de Unicef?”. “¿No viste como aplaudió a Trump?”, responde la díscola. El rosarino no es John Carlos o Tommy Smith (descalificados en los JJ.OO de México ´68 por protestar contra la discriminación racial en el podio). Sus gestos políticos no abundan. Posó alguna vez con la remera de Abuelas de Plaza de Mayo, pero nunca se metió en los debates sobre la independencia de Cataluña. Jugó para los jeques de Qatar, fue embajador turístico de los príncipes saudíes y toma mates con Chiqui Tapia (que debe estar más relajado ahora que el mundial comenzó). Hay quien lo asociaría a Michael Jordan y su famosa frase: “Los republicanos también compran zapatillas”, pero otros dirán que sólo le importa el fútbol. En todo caso ¿Por qué interesa tanto que se defina políticamente? Si lo hace ¿Se puede aceptar que no lo haga de la forma en que uno quiere?

“¿Pero no te inspira la historia de superación que tiene?”, sostiene la centinela de Messi. Con el vigor de quien cree encontrar la respuesta justa para torcer el debate, cuenta la historia repetida de cómo el rosarino persiguió su sueño de jugar al fútbol pese a su enfermedad. Pero su interactuante no parece dar el brazo a torcer y redobla la apuesta: “¿Qué historia de superación? Vino una multinacional y le ofreció plata a la familia a cambio de que les hiciera ganar más plata en el futuro”. El argumento tiene su lógica. Messi no vendió lapiceras en los colectivos ni creció en Fuerte Apache. No era la Cenicienta cuando se le apareció un hada madrina vestida con la camiseta del Barcelona. “Es más, -levanta el dedo la psicóloga- hasta se podría decir que se trata de un caso de explotación infantil”.

Incrédula ante la última afirmación, la defensora del rosarino revolea el brazo y menea nuevamente la cabeza. El gesto da por concluida la discusión. En el hombro derecho de quien escribe estas letras aparece la figura de una miniatura de sí mismo vestido con la camiseta albiceleste de Messi y susurra: “Dejate de joder, disfrutalo, no va a durar por siempre…”. Al mismo tiempo, en el hombro izquierdo, otra miniatura suya, pero sin el atuendo futbolero responde: “Nunca te olvides que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importante”.

 

Del Autor