El pecado de cancherear

¿Cuándo fue que se jodió el fútbol? ¿Desde cuándo una pisada, un sombrero o pararla de pecho se volvieron un delito? La susceptibilidad es tal que los jugadores piden disculpas por hacer un gol…y hasta por la forma en la que intentaron hacerla

¿Por qué hay que pedir disculpas por la belleza? ¿Por qué está mal hacer algo que se sale de lo común? ¿Por qué esta mal picar un penal y no pegar una murra? ¿Por qué festejar un gol en casa ajena se volvió un gesto de provocación? En el fútbol el gusto parece haberse atrofiado. Aquello que debería generar aplausos, es castigado. Quien muestra sus habilidades para hacer al fútbol más lindo o sacarlo de la monotonía es maltratado por canchero.

El término “canchero” tiene su origen en el deporte. Es un adjetivo del lunfardo que sirve para caracterizar a aquel que demuestra “tener cancha”. Al principio, el canchero era el que sabía jugar bien al fútbol. Eso sí, como en los primeros años del Siglo XX, la cancha -así como la calle- eran los lugares en la que se ponían en juego valores simbólicos, sobre todo los que tienen que ver con la masculinidad, terminó saliendo del ámbito del deporte. Pasó a servir para caracterizar a aquellos que demostraban habilidades en cualquier espacio. Por ejemplo, el que sabía hablar con las mujeres y conquistarlas, era canchero.

Ser “canchero” derivó en ser alguien que sabe moverse en un determinado lugar o actividad. Ese conocimiento lo convierte, además, en una persona segura de sí misma. El canchero sabe, tiene claro que sabe y sabe cómo demostrarlo. En el fútbol, el canchero se tiene confianza para hacer cosas distintas, que implican un riesgo pero, al ser inesperadas, sorprenden. Si salen despiertan admiración.

En algún momento del tiempo, ser canchero sumó connotaciones negativas. Empezó a asociarse a cuestiones como la soberbia. El que cancherea es el exagera en la demostración de sus habilidades. Es el que al darse cuenta de su superioridad, la saca a relucir. El que provoca. Esos cambios en los usos del término volvieron al fútbol.

Su regreso a los campos de juego fue para acusar a aquellos que deciden hacer jugadas lujosas o arriesgadas cuando están ganando por mucha diferencia. Así, acciones tales como tirar un caño, pisar la pelota o picar un penal se convirtieron en símbolos de una supuesta burla. El límite entre lujo y cargada se corrió tanto, que ya nada se acepta. Incluso gritar un gol de manera eufórica jugando de visitante puede ser considerado una provocación.

Aquel equipo que hizo las cosas bien, para ponerse en ventaja y liquidar un partido mucho antes del final tiene prohibido hacer jugadas que demuestren tener un gran control del balón. Jugadas que hacen, vale decir, a la belleza del fútbol. Que lo sacan de la monotonía. Es más, se premia con un aplauso al que decide descerrajarle una murra al que está “canchereando”. Es una especie de justiciero. Incluso los árbitros toman como pretexto el canchereo para no sancionar como se debe al defensor que ajustició al “ladino” que hozó tirar un caño.

¿Cuándo fue que se jodió el fútbol? ¿Desde cuándo una pisada, un sombrero o pararla de pecho se volvieron un delito? Cuestiones que hacen a la esencia del juego, que es justamente el control del balón con los pies y que otrora sacaban aplausos incluso de los rivales, hoy son plausibles de sanción. ¿Por qué el enojo con aquellos que hacen algo distinto? ¿Qué debería hacer un equipo que está goleando? ¿Dejar de jugar? ¿Caer en un toqueteó intrascendente? ¿Regalarle la pelota al rival y tirarse atrás?

El miércoles se cruzó un límite más. Adrián Martínez, delantero de Racing, tuvo que salir a pedir disculpas por haber picado un penal que erró. No sólo tuvo que pedirle disculpas a sus hinchas sino también a los del club rival, que lo atacaron por haber “canchereado”, cuando el partido estaba 0 a 0. Se juzgó peor la decisión de “Maravilla”, que las burlas que le profirieron los jugadores de Independiente al marrar el tiro. Digan que Martínez quedó recalculando y no reaccionó ante las morisquetas, si no…

Resultadismo en mano, Cómo la acción de Martínez no fue gol, cayó el castigo por el canchereo. Pocos se detuvieron en el valor que tuvo el delantero. Hay que atreverse a tal arriesgada maniobra en un clásico que está 0 a 0. Si le hubiese salido, era de antología. Como la pelota no entró, fue una cargada. La conclusión del lio fue que “Maravilla” anunciara que no volverá a picar un penal. Es decir, que no intentará más hacer algo distinto. No intentará más hacer un golazo.  

La susceptibilidad rompió al fútbol argentino. Todo molesta. Incluso aquello que está en su esencia y le otorga belleza.

 

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