¿Cómo hacer para no dejarse llevar?

Un mundial es eso que pasa mientras todo lo demás sigue pasando. El manto de Estados Unidos 2026 cubre la realidad y aunque se sepa que viene a tapar realidades, casi nadie puede correrlo

Son las 9 de la mañana del miércoles 17 de junio de 2026. El sol se refleja en vidrios empañados. En Río Cuarto, tres muchachos de alrededor de 20 años caminan por San Martín al 900. Su conversación gira en torno a un apellido: “Messi”. Pasan frente al bowling que reemplazó a Regims hace ya varios años. Enfrascados en su conversación no se dan cuenta del pie derecho con dos medias rotas que se asoma por debajo de un acolchado. El dueño del pie utilizó esa noche de refugio la antesala del local. “¿Qué hacés? ¿Cómo hacés para no dejarte llevar? ¿Cómo no te subís?”, responde al autor de estas líneas su amigo Manuel al oír la historia. Eso que te invita a subir es el mundial. Esa mole que avanza sobre todo lo demás y lo cubre como el humo de Mordor a la Tierra Media o la niebla de los caminantes blanco a Poniente. 

Mezcla de peroncho y trosko, Manuel reconoce su incomodidad con lo que pasa en el norte del continente americano. El presidente estadounidense no genera empatía y su política de seguridad tampoco. Jugadores uruguayos en fila viendo como los perros policías husmean sus bolsos, el árbitro somalí Omar Artan excluido después de que las autoridades fronterizas le negaran el ingreso y la delegación iraní volando de apuro a Tijuana sin poder descansar ni un instante en suelo yanqui, son las instantáneas que devuelve el torneo jugado en el país de la “Libertad”. “El fútbol une al mundo”, dice el video de la Fifa en la previa de los partidos y suena a chiste. En ese corto institucional aparece Lionel Messi, el mismo que aplaudió a Donald Trump cuando el bombardeo arreciaba sobre Medio Oriente y el mismo que hizo saltar de la silla a Manuel con sus tres goles ante Argelia.

Desde el vamos a este mundial se le notaron las costuras. El avance del negocio fue burdo. El exceso de todo (equipos, partidos, sedes) amenazaba con empalagar como un dulce de leche repostero. Hay tantos grupos que parecía difícil tener el fixture en la cabeza. Ahora, con el torneo empezado nadie se pierde entre las banderas de países que suenan inhóspitos. Curazao y Cabo Verde ya no suenan tan exóticos. “Que feo fue Ghana – Panamá. Muy aburrido”, le dice a quién escribe estas líneas un estudiante mientras juega con la hoja en la que debería estar respondiendo un parcial.

“Gana Inglaterra”, muestra el celular un compañero mientras cruza el viento frío en plena plaza Roca. En Arlington, Harry Kane iguala a Gary Lineker como máximo goleador inglés en los mundiales y en calle Constitución, frente a la Catedral, un grupo de jubilados reclama por enésimo miércoles ante el gobierno de Javier Milei. No es difícil predecir que la escena se repetirá por los restantes cuatro miércoles que durará el mundial.

“La morosidad de las familias alcanzó su nivel más alto en más de 20 años”, titula Puntal en su página web. El dato se suma al que aportó a comienzos de junio el Cesis sobre la caída de las ventas en Río Cuarto por 14to mes consecutivo. La crisis económica se palpa en las vidrieras vacías que abundan en las cercanías de la plaza Roca. Menos de un scroleo de distancia hacia abajo aparece otra noticia que remarca el aumento de ventas de televisores de 65 pulgadas en adelante. A diferencia de otros mundiales, dicen los comerciantes, los aparatos que más salen son los más caros, algo similar a lo que pasa con los autos de alta gama. Las huellas de un modelo en el que los más ricos consumen y el resto hace lo que puede.

El mundial es eso que pasa mientras todo pasa. Un velo que aparenta matizar realidades. Un placebo del que una gran parte de la gente es consciente. Un tren que parece llevarse todo puesto y al que es muy difícil esquivar.

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