Sólo un deporte como el fútbol puede generar que ver a tu equipo jugar de local contra River, valga tanto como para dejar ir la mejor recaudación del año
“El fútbol es demasiado negocio para ser sólo un deporte”, repite una y otra vez Ezequiel Fernández Moores. Tan negocio es, que hasta el sábado a la tarde, los dirigentes de Estudiantes pensaban mudar de ciudad el duelo ante River. “Pero -agrega siempre el periodista- el fútbol es demasiado deporte para ser sólo un negocio”. Por eso, tras el trastazo que se llevó el Celeste en Tucumán, el presidente tuvo que desestimar el dinero y confirmar que el duelo con el Millo se juega en el Candini.
El 22 de marzo quedó marcado en los calendarios del fútbol riocuartense desde que se conoció el fixture. La posible visita de River a la ciudad generó expectativas e incógnitas ¿Está preparado el Candini para recibir a ese monstruo? ¿Río Cuarto da para algo así? ¿Gallardo y los suyos querrán hacer el viaje? ¿La AFA lo habilitará? Preguntas todas, producto de ese complejo de inferioridad que se suele tener en el interior del interior. Cuando la AFA dio el visto bueno al estadio, surgió una duda más de índole económica: ¿A Estudiantes le conviene jugar en Río Cuarto ese partido? De un lado el orgullo de recibir un partido histórico. Del otro, la posibilidad de llenar las arcas del club. En la avenida España se inclinaron por la primera. O al menos eso dejaban traslucir hasta el sábado.
Con River de visita, no hay por qué suponer que la cancha no se llene. Es cierto, no pasó en las primeras dos fechas, pero con los de Núñez debería estar de bote a bote. Si no es así, sería hora de empezar a preguntarse si esta ciudad merece tener un equipo en primera. Ahora, por mucho que el Candini estalle de gente, tiene un límite: 12.000 espectadores. Esa es la recaudación más alta que puede conseguir el club. Hay que restarle, por supuesto, el costo del operativo de seguridad.
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— Alicio Dagatti (@AlicioDagatti) February 15, 2026
Con los números en la cabeza, la mirada apuntó al Kempes. La capacidad de 57.000 espectadores que tiene el estadio del barrio Chateau Carreras era suculenta. Incluso se podía poner sobre la mesa la posibilidad de la presencia de público visitante (o neutral, para usar el eufemismo actual). Incluso el gobierno provincial, con Agustín Calleri a la cabeza, ofreció el reducto. Pero a Estudiantes se le cruzó un negocio igual de rentable que el fútbol: Tini Stoessel. La cantante reservó la cancha para sus shows todo ese fin de semana.
Sin el Kempes, Córdoba ofreció el “Gigante de Alberdi”. El estadio Julio César Villagra, hogar de Belgrano, es el segundo más grande de la provincia (38.500 espectadores). San Luis también apareció en el mapa. El Estadio Único de Villa Mercedes ubicado en el Parque La Pedrera parecía una mejor opción. Esa especie de “Elefante Blanco”, tiene menos capacidad (30.000), pero está unos 90 kilómetros más cerca. El viaje para hinchas y abonados sería más corto y el negocio igual cerraba.
Nadie contaba con que el sábado a la noche Estudiantes perdiera 4 a 0 ante Atlético Tucumán. Cinco partidos en primera, cuatro derrotas, un empate, un gol a favor y nueve en contra es el saldo de menos de un mes de competencia en la Liga Profesional. “Mañana es el día, aquel que tanto soñamos: jugar en la élite del futbol Argentino. Con esfuerzo, sacrificio y perseverancia los proyectos se logran. Gracias al compromiso de jugadores, CT,socios, hinchas y Dirigentes, decimos presente.✒️⚽️VAMOS LEONES 🦁 25/1/2026⏳”, twitteó Alicio Dagatti el 24 de enero en la previa del duelo ante Tigre. El siguiente posteó fue después de la goleada contra el “Decano”: “La derrota más dura en mis 12 años de gestión. En Primera los resultados definen el futuro del Club. El tener muy bien puesta la camiseta de Estudiantes de Río Cuarto No se negocia”. El escrito cierra con un “Sin palabras” que contrasta con todo lo antedicho. El tweet fue como lo que la resina de pino a un incendio forestal. Generó críticas de los hinchas y una respuesta de Alejandro Cabrera, referente del equipo, en Instagram, pidiendo silencio.
Unas horas después, el presidente volvió a usar la red de Elon Musk (hablando de negocios…) para confirmar que River visitará el Candini. Por más dinero que pudiera generar dejar ir la localía, el horno no parece estar para bollos.
¿Se puede culpar a la dirigencia de Estudiantes por querer poner una recaudación por encima de la pasión que genera ver a River en el Candini? El fútbol es un deporte profesional en el que se juega por plata. A veces esto no queda claro. Si no pregúntenles a los jugadores, que son tratados de traidores, por el simple hecho de cambiar de empleador. Nadie insulta a un gerente por irse de un banco a otro. La cuestión es que en el medio hay algo que tiene una relación complicada con el negocio: los clubes.
Boca, River, Estudiantes, fueron fundados con objetivos que nada tienen que ver con el negocio. Tienen raíces identitarias con barrios, ciudades, apellidos, colores que no entienden de dinero. Son instituciones diseñadas para el deporte amateur. Se supone que el que se pone la camiseta es alguien que juega por el sentimiento que lo une a ella. El jugador no es un empleado, es un socio que juega por el honor de esa entidad. Eso no pasa desde hace casi un siglo. Cuando el fútbol se profesionalizó -de manera oficial- en 1931, todo eso se trastocó. A medida que el fútbol se volvió un producto, más lejos quedó aquel espíritu amateur.
“El club es de los socios”, reza una premisa argentina. El club puede ser, el fútbol profesional, está en veremos ¿Cuánta injerencia pueden tener los socios de Boca en las decisiones que toma Riquelme? ¿Qué saben los de Estudiantes de las negociaciones que hace Dagatti para reforzar al plantel? Eso sí, pueden ejercer cierta presión. Al haber elecciones cada tanto, los insultos que se escuchan en una cancha -o en las redes- pueden ser una amenaza concreta. De hecho algo de eso se presentó a la hora de definir que el partido con River se juegue en Río Cuarto.
El fútbol profesional distorsionó la identidad de los clubes. El dinero que mueve no va de la mano con la razón social de su fundación. Así, una mala gestión en el fútbol profesional puede empañar una brillante en lo social. O al revés, los triunfos en el ámbito del fútbol pueden tapar desaguisados en otros ámbitos. Por ejemplo, las Libertadores que ganó como presidente de Boca, blindaron a Macri e hicieron olvidar que mandó a actividades como el básquet o el vóley a que se autofinanciaran o desaparecieran.
Hay clubes que quedaron al borde de la extinción por culpa del fútbol profesional. Apostar en ese juego requiere de tener buenos inversores detrás. No siempre alcanza con lo que se tiene. Infraestructura, viajes y el sueldo de un plantel son gastos que no se cubren con una cuota social, por muy adinerados y cumplidores que sean los socios. Ahí aparecen las deudas y si la aventura sale mal, es toda la institución la que paga los platos rotos.
Los clubes son organizaciones sin fines de lucro. No tienen dueños, propietarios ni accionistas. Su objetivo es el beneficio público o social. Se supone que no distribuyen ganancias entre individuos, sino que reinvierten esos ingresos en esa misión o razón social. En todo caso la pregunta sería si sostener el fútbol profesional es parte de esa misión social. Incluso, se podría plantear si el fútbol profesional es un beneficio público.
Sin el fútbol profesional hay clubes que dejarían de existir. Toda su identidad gira alrededor de esa pelota. Son, lo que se dice, clubes de fútbol. Si Estudiantes y Atenas no llenan la cancha hoy que están en su zenit, que quedaría si decidieran quedarse solo con lo amateur. Son las participaciones en ese tipo de torneos los que generan sponsors privados y subsidios estatales.
Sin los clubes, el fútbol no sería un negocio tan rentable. La pasión por un determinado club es la que alimenta la maquinaria. Un club es algo vivo, una franquicia o una SAD es algo frío. Es como comparar un bodegón con un McDonalds. En el primero habitan los socios, en el segundo, clientes.
Un club tiene hinchas que sienten a esa entidad como una parte de su cuerpo. Un espacio vital ajeno a cualquier razonamiento. Consumidores en definitiva, de todo lo que el producto genera.
Los clubes necesitan del negocio del fútbol para sobrevivir. El negocio requiere de los clubes para sostenerse. Sin embargo, desde su génesis, los clubes generan sentimientos que van más allá de los números. Por ejemplo, que ver a River jugando en la cancha de Estudiantes valga más que cualquier recaudación.
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