Un aluvión de personas vestidas con el mismo manto invadió la tranquilidad de Río Cuarto y mostró como el fútbol puede trastocar la vida social de cualquier ciudad argentina
“¿Qué pasa que hay tanto lío con Estudiantes en la calle?”. Cuando esa pregunta la fórmula alguien que de fútbol solo sabe que la cancha tiene dos arcos, es para para prestar atención. Es una señal de que el fútbol rompió su propia esfera y avanzó un paso más allá en el clima de la ciudad. El sábado “hubo lío” con Estudiantes. Una marea celeste recorrió a borbotones la avenida España y sus adyacencias.
El “lío” que hubo con Estudiantes fue una final para volver a la Primera División del fútbol argentino después de 40 años. Si bien hace una década que el “León” viene saltando categorías y siendo protagonista, fue la primera vez que tuvo la oportunidad de jugar un partido así en su casa. Las dos finales de 2021 fueron en terreno neutral (en Santa Fe versus Sarmiento y en Rosario ante Platense) y con las tribunas vacías por el Covid. Esa posibilidad de acariciar el ascenso flotó en el aire desde días antes y el sábado se precipitó sobre la plaza San Martín.
Para las cuatro de la tarde ya se preveía el tamaño de la movilización. Faltaban más de cinco horas y había una decena de personas parada delante de las puertas. Tres profesionales de seguridad acomodaban las vallas y los miraban extrañados. Acostumbrados, claro está, a que no se vea gente hasta 60 minutos antes del encuentro. A las 18.30 una marea celeste avanzaba por la España rebasando la vereda y tomando la calle. Iban desde el portón del club hasta la sede, rodeando plaza San Martín. La postal parecía sacada de un película épica. El monumento del libertador a caballo con su mano extendida los custodiaba. Daba la impresión que desfilaban ante él, cual tropas aprestas a una batalla.
El olor del choripán llegaba desde la calle Eliseo Sánchez. Allí, frente al Paseo Héroes de Malvinas, estaban apostados los foodtrucks, nombre moderno para una costumbre tan añeja como el fútbol. Algunos se animaban a calmar la ansiedad llenándola de carbohidratos. Otros, elegían cosas más livianas como turrones o pralinés. Cosas de nuestro fútbol, no había mates ni termos. Tenían prohibido el ingreso a la cancha por tratarse de objetos contundentes que podían ser utilizados para lastimar a protagonistas, fuerzas de seguridad u otras personas. Algún día alguien explicará por qué un mate en manos de un plateista puede ser una arma mortal y una trompeta o un bombo en manos de un barra, no.
Los Leones se hicieron escuchar desde temprano. Llegaron por la ribera sur del río, desde su reducto en el barrio Brasca. Los bombos fueron ganando intensidad de a poco. Ingresarían a la cancha más sobre la hora del partido, fieles a su tradición.
En esa marea celeste había muchos que hacia rato no iban a la cancha. Los habitués los miraban con recelo. Como van siempre, tienen claro quienes están en las buenas y en las malas y quienes aparecen cuando ven la luz al final del túnel. Dar el presente en todos los encuentros genera códigos de respeto. Ocupar los mismos lugares, entender los momentos de los partidos, a cuál jugador mimar y a cuál agitar, son incisos de ese código que los recién llegados no tienen en cuenta. De ahí las miradas de desconfianza. Además, está la sensación de mal augurio que recae sobre el que aparece por primera vez a ver a un equipo que viene ganando. Es tentar a la suerte o desafiar al equilibrio cósmico que permitió que el cuadro haya llegado a una final. Para colmo de estos entusiasmados, se les notaba mucho que eran “primerizos”. Se movían con desconfianza a la hora de entrar a la cancha y ya adentro, no tenían muy claro el cancionero. No iban más allá del clásico: “Dale León y Dale León”.
La confianza que tenían en el equipo se mezclaba de manera proporcional con el temor. No por el nivel del rival, sino por su nombre, sus antecedentes y el arbitraje. Consultados por los medios de comunicación que pululaban por el Candini, todos hacían referencia a las controversias arbitrales que acompañaron a Deportivo Madryn durante todo el certamen. También, recordaban aquella final de Federal B que terminó en escándalo hace más de una década.
Otra característica de esta marea improvisada fue que había tonos distintos de celeste. Si bien era la misma “piel”, los modelos eran distintos. Algunas eran las actuales con franjas blancas en la zona del hombro y en las mangas. Otras recuperaban los de comienzos de los 2000 con las publicidades de una panificadora o las de la fábrica de pastas. Incluso había algunas bastante desteñidas que daban cuenta de ser del siglo pasado.
La marea tenía un promedio de edad variada. Había chicos que conocieron a Estudiantes en Primera Nacional y no saben de que se trata eso de jugar con Tiro Federal de Morteros o que alguna vez existió el Federal B. Otros sí se notaba que tenían en claro de lo que se trataba ese torneo y el perder cinco clásicos seguidos con Atenas. También, estaban aquellos de decían: “Yo acá lo vi jugar a River”. Esos que ya eran hombres cuando el “Celeste” tocó el cielo con las manos en los viejos Nacionales ochenteros.
La marea celeste llenó las calles hasta las 20.45. A esa hora ya había desembocado su cause en el Candini. La recepción al equipo tronó en los cuatro puntos cardinales de la ciudad -lo confirmarían así vídeos en las redes sociales-, sorprendió a periodistas foráneos y le pianto un lagrimón a algún que otro plateista. Bueno, la cuestión de las lagrimas también pudo ser por el humo celeste de las bengalas que se instaló en la platea techada unos instantes hasta que el viento lo desplazó hacía el sur. El olor del plástico quemado irrita fosas nasales y lagrimales como pocas cosas.
El Canidni fue una especie de represa en la que la marea celeste liberaría su furia pasadas las 23. Fueron dos alaridos y un rugido interminable. Después, algunos remontaron la España rumbo al centro y alteraron otra vez la esfera pública de la ciudad. “¿Qué pasó con Estudiantes que se sentían bocinazos por todos lados?”, preguntó otra vez esta persona que de fútbol solo sabe que se juega con una pelota.
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